NOSTALGIA DESBORDADA

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Recuerdos que no necesitan consulta en Google, nos permitieron en la víspera comentar lo que ocurrió en una edición del desaparecido campeonato de selección y competencia que se jugaba en la década del 60 sólo en Lima a manera de un certamen de la máxima división en el fútbol profesional peruano. Y surgió la historia del Centro Iqueño de Deportes («de deportes» sólo tenía el nombre) que los muy mayores y personas que superan los 60 años tendrán, aún en su memoria, su irregular discurrir plagado de la aparición de brillantes jugadores que hasta la selección nacional los convocó.

Fue así que en el Mundial de Méjico 70 Roberto Challe y Ramón Mifflin, juveniles aún, ya habían emigrado a otros clubes. Iqueño los formó y debe haber recibido algunas monedas por la carta pase. El «Niño Terrible» salido del Oratorio Salesiano firmó prontamente por Universitario convirtiéndose en un ídolo de kilates. El «cabezón» Mifflin tuvo un tránsito menos explosivo pero igual dejó las filas iqueñófilas para anclar en Sporting Cristal y luego militar en Racing de Avellaneda.

La captura de talentos no amilanó a los profesores Ramos y Castañeda, forjadores de jugadores muy jóvenes en el Iqueño del aquel entonces. Promovieron a los hermanos Carlos y Félix Salinas, Moisés Barack, el «Torito» Gallegos, Bartolo Tijero, «Cuchi» Betancourt, Jesús Peláez, el «Gato» Vásquez, «Pique» Zevallos, el «chueco» Escobar, «Gallinita» Raúl Ruiz, Juan Biselach, Pepe del Castillo, Luis Cruces, Carlos Mitten, Alfonso Del Solar, «Pacho» Castilla, entre otros.

Es decir, una constelación de estrellas que desde el vamos eran seguidos por los dirigentes de los grandes para nutrir sus planteles con elementos de alta cotización futbolística, aunque económicamente no tuvieran gravitación en las finanzas del club de la calle Monzón. Una escuela que hoy estaría a la altura de los semilleros más renombrados. Nulas comodidades para entrenar, sin ropa deportiva exclusiva, hasta sin sencillo para la movilidad, pero con un corazón inmenso para saber donde estaba la sangre joven, ese fue el Centro Iqueño, el querido cuadro albo.

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