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Columna de Opinión en el Portal de AIPS América
Por Pedro García Garozzo – Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
 
Los Juegos Olímpicos de Río 2016 ya son historia. El propio presidente del COI, Thomas Bach los calificó de “maravillosos”. Y no fue un mero cumplido sino una exposición plenamente acertada en el calificativo, porque Brasil hizo un gran esfuerzo y ahogó los agoreros pronósticos que censuraban la sede y la consideraban peligrosa, sea por el Zica, la inestabilidad política, el alto indice de criminalidad y hasta los peligros de atentados terroristas. 
Contra viento y marea la organización marchó con un alto grado de excelencia y además con un excepcional contenido emocional, que al rescatar los auténticos valores olímpicos, brindó a la fiesta una plusvalía única.
Los decibeles de la emoción ya alcanzaron su pico desde el mismo arranque de la gran cita cuatrienal, cuando se hizo una muy justa reparación histórica con el ex maratonista brasileño Vanderlei Cordeiro de Lima, al concedersele el insigne honor de encender el pebetero olímpico.
El tradicional epílogo que con la heterogenea marcha de las diferentes delegaciones mezcladas y con las banderas entrelazadas simbolizando el arribo a la meta de una confraternidad cosmopolita gracias a los juegos, marcó el cierre de exaltación de los nobles principios preconizados por el barón Pierre de Coubertin.
Pero durante el desarrollo de la competencia hubo otras manifestaciones contundentes del reconocimiento y aprecio de tales valores por los propios competidores, como se dió en el solidario gesto del maratonista paraguayo Derlis Ayala que ayudó a su amigo argentino Federico Bruno a culminar la prueba que iba a abandonar, repitiendo por otro lado un episodio similar de respaldo solidario de la atleta estadounidense Abbey D’Agostino a la neozelandesa Nikki Hamblin en la clasificación de los 5.000 metros.
La campaña de la Academia Olimpica Internacional por preservar la pureza de la filosofía olímpica, el fair play y la deportividad, ha encontrado una gran aliada en Río 2016, que amén de records, hitos, jornadas inolvidables, gestas históricas y la superación de mil y un escollos organizativos, ha puesto bien en alto y de relieve este extraordinario legado de exaltación del espíritu olímpico.
En la foto, Abbey y Nikki protagonistas de un emotivo gesto fraternal, que antepuso el espiritu olimpico al afán de un triunfo personal.

 

 

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